EL LUGAR DE MI BENDICIÓN

Nunca olvidaré aquel día cuando mi esposo estacionó el carro a un lado del camino: “¿Qué pasa mi amor, por qué te detienes?”. “Vamos a orar porque de ahora en adelante esta será nuestra tierra prometida”. Llevábamos ocho horas viajando y había llegado el momento esperado; estábamos entrando al departamento del Valle del Cauca, éramos solo los dos y la promesa de nuestro Dios que nos sostendría.

 

Llegando a la hermosa ciudad de Santiago de Cali todo parecía tan diferente, comenzando por el clima, era la época más calurosa del año, parecía que mi cuerpo no estaba diseñado para soportar tanto calor. Además, ¿a quién se le ocurre llamar a los corazones de hojaldre, orejas; o a las galletas, cucas; o en lugar de tomar la merienda decir que llegó la hora del algo? Que gente tan extraña pensaba, y la más triste realidad era encontrarme cara a cara con la orfandad de cientos de jóvenes abandonados por el deseo de sus padres de hacerse ricos rápidamente e irse a otra tierra sin pensar el dolor que esto causaría. Lo que nunca llegué a pensar fue que este sería el lugar de mi bendición, el lugar donde escucharía decir una y otra vez usted es mi mamá-pastora, el lugar donde Dios me daría dos hijos, y la que nunca estuvo de parto lanzaría gritos de alegría.

 

Leía acerca de la vida de Amy Carmichael, nacida en 1867 en Irlanda del Norte, misionera en la India. No sé si yo hubiera podido vivir allí. Para Amy no fue problema aprender el idioma, vestirse con ropa india, teñirse la piel de marrón oscuro con bolsitas de té y café y vivir entre las mujeres indias.

 

Siendo la pobreza una condición generalizada, era común que los padres vendieran a sus hijos a la prostitución en los templos, creyendo que encontrarían el favor de los dioses; esto hizo que Amy se convirtiera en una gran defensora de la niñez y por cinco décadas ayudó a rescatar y criar a más de mil niños que crecieron amando a Jesús. Ellos se sentían tan amados por ella que la llamaban “Amma” (“madre” en lengua tamil).

Amy sabía que la India era el lugar de su bendición, y que el servicio se daba en amor profundo por Dios y por las almas que no conocen del Evangelio.

 

Aunque Amy enfrentó gran oposición, sus esfuerzos y su incansable labor como reformadora social llevaron a que se modificara la ley en la India para proteger a los niños del abuso. Los últimos 20 años de su vida, los pasó en cama escribiendo libros y poemas que dieron la vuelta al mundo. Todos sus escritos tenían un tema constante: “Fuimos salvadas para servir”.

 

¡Qué inspiración de mujer y qué legado! Su vida nos recuerda que la mejor manera de invertir nuestras vidas es en el lugar donde Dios nos coloca.

 

Al leer su historia podríamos preguntarnos: ¿Estoy ubicada en el lugar que el Señor preparó para que caminara con Él? ¿Te inspira la vida de Amy para llevar el evangelio a otras mujeres y niñas en condición de vulnerabilidad? Hoy demos gracias por la vida de Amy y por cada mujer que incansablemente lleva el evangelio y trabaja por defender los derechos de los más desvalidos.

Martha Iriarte

Versículo de estudio:

RETO:

  • Pídele al Espíritu Santo que te muestre cómo puedes servir a otros, escríbelo en una hoja y hazlo.
  • De manera creativa, de acuerdo a tus capacidades comparte el amor de Dios a otra mujer y etiqueta como #MujeresDeInfluencia